jueves, 17 de diciembre de 2015

Se montó el belén (I):


Mi fascinación por los belenes viene de mi infancia. Me encantaban esos mundos pequeñitos, hasta el punto de que me pasaba horas visitando los que había en  mi ciudad, y no podía evitar pegar la cara a los escaparates de todas las tiendas en las que había expuesto uno. Me chiflaba fijarme en todos los detalles: el burro que come “de verdad”, el humo que sale de las chimeneas, el panadero amasando… Ya de mayor vendría mi pasión por el mundo del miniaturismo.
Dicen, con razón, que el primer amor nunca se olvida. Yo vuelvo a él continuamente. Ni siquiera necesito que sea Navidad: me paso medio año pensando en las nuevas incorporaciones y otro medio haciéndolas realidad, en la medida de mis modestas posibilidades. Cualquier material imaginable es bueno para el belén. Yo procuro gastar lo imprescindible y prefiero trabajar con materiales reciclados: madera de cajas de fruta, restos de telas, esos trozos de arcilla polimérica o de pasta de secado al aire con los que no sé qué hacer… Es una actividad con la que disfruto enormemente, porque en cierto modo engloba un montón de “manualidades”: diseño, pintura, construcción, costura o modelado.
Este año, como podéis ver, amplio el mercado con dos nuevos puestos.  



El niño que no juega no es niño, 
pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él 
y que le hará mucha falta.
Pablo Neruda

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