Mi fascinación por los belenes
viene de mi infancia. Me encantaban esos mundos pequeñitos, hasta el punto de
que me pasaba horas visitando los que había en
mi ciudad, y no podía evitar pegar la cara a los escaparates de todas
las tiendas en las que había expuesto uno. Me chiflaba fijarme en todos los
detalles: el burro que come “de verdad”, el humo que sale de las chimeneas, el
panadero amasando… Ya de mayor vendría mi pasión por el mundo del miniaturismo.
Dicen, con razón, que el primer
amor nunca se olvida. Yo vuelvo a él continuamente. Ni siquiera necesito que
sea Navidad: me paso medio año pensando en las nuevas incorporaciones y otro
medio haciéndolas realidad, en la medida de mis modestas posibilidades.
Cualquier material imaginable es bueno para el belén. Yo procuro gastar lo
imprescindible y prefiero trabajar con materiales reciclados: madera de cajas
de fruta, restos de telas, esos trozos de arcilla polimérica o de pasta de
secado al aire con los que no sé qué hacer… Es una actividad con la que
disfruto enormemente, porque en cierto modo engloba un montón de
“manualidades”: diseño, pintura, construcción, costura o modelado.
El niño que no juega no es niño,
pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él
y que le hará mucha falta.
pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él
y que le hará mucha falta.
Pablo Neruda

